35.-BUSTO DEL POETA OCHAITA. Bronce. 1973.

En el Museo de Villena está la maqueta en barro patinado. Medidas: 17X43X16.

El busto de este poeta de la Provincia, natural de Jadraque, y amigo personal del escultor desde la influencia, también encargo de la Diputación Provincial, está situado en la recoleta plazuela del Carmen, ante el Convento del mismo nombre.

la prensa de Guadalajara, “Nueva Alcarria”, refiriéndose a los bustos del Dr. Layna Serrano y al de J.A. Ochaíta, que murió meses después de la inauguración el mismo 1973, escribía: “Ambos bustos son un prodigio de expansión y de sentimiento.”

Muestra del contento de esta Ciudad y su vinculación con el escultor que le complacía, todavía encontramos en su archivo las siguientes cartas:

“El Alcalde de Guadalajara. Antonio Lozano Vinés. 5 Agosto 1974. Sr. Don Antonio Navarro Santafé. Madrid -2. Mi querido amigo: Recibo tu atenta de fecha 2 de los corrientes expresándote en estas líneas mi total conformidad con los precios de las medallas de oro, plata y bronce. Sabes que me tienes a tu incondicional disposición. Un fuerte abrazo. (Firma)

“El Alcalde de Guadalajara. Procurador en Cortes. Antonio Lozano Vinés. 28 Febrero 1977. Sr. D. Antonio Navarro Santafé. Madrid. Mi querido amigo: Contestando a tu amable carta del 23 del mes en curso, en la que me comunicas que el precio de las medallas concejiles es de 1,300 pesetas unidad, he de manifestarte que nos parece correcto debiendo confeccionar 21, de cuyo precio te resarcirás seguidamente. Cordialmente te saluda con un fuerte abrazo. (Firma).

Busto al poeta JOSE ANTONIO OCHAITA. Madrid.

Guadalajara. Pl. del Carmen. Bronce.

(Maqueta en barro patinado, Museo de Villena. 17 X 43 X 16)

Eran amigos “de toda la vida”. Se conocieron en la Escuela de Artes y oficios de la calle del Turco, de Madrid. Tenían una edad casi igual, Ochaíta un año más que Navarro. Asistían ambos a la clase de Dibujo. Antonio a Modelado y Dibujo, Ochaíta solo a Dibujo. A la salida de clase, con unos quince años, paseaban por el Madrid de los Austrias, por el parterre, donde un día escribió Ochaíta una poesía ante Antonio que éste se aprendió de memoria y hoy, unos 68 años después de aquel momento, y casi 10 después de la muerte de su amigo, todavía recuerda y la recita emocionado:

“EVOCACION”

En la noche estrellada y silenciosa,

bajo las sombras del jardín ameno

pensaba en ti, mi amada de mí ausente.

El jardín, tan sereno

parecía evocarme tus encantos

trayéndome a la mente tus recuerdos.

La Luna, que jugaba entre las flores,

me recordaba tu divino acento.

El susurro del agua figuraba

tu alma siempre pura

rebosante de amor y de consuelo.

Apoyé mi cabeza entre las manos,

pronto vencióme el sueño,

y soñé que tu imagen amorosa

venía a mí en misterioso vuelo.

Te vi llegar cual siempre sonriente,

te vi echar tus brazos a mi cuello

y con tus labios cual claveles rojos

estampaste en mi rostro un puro beso.

Desperté al contacto misterioso

tóqueme el rostro trémulo

y hallé una rosa rosa que arrastraba

perdida de mis dedos el céfiro.

Me levanté del banco en que sentado

soñé contigo y me besaste en sueños

y me marché del parque silencioso

llevándome el pesar de estar despierto.

Por entonces vivía Ochaíta en la calle del Fúcar, y Navarro en la de Palos de Moguer, cerca de la fábrica de perfumería donde trabajaba de botones. Los domingos iban a Misa a los Jerónimos y a la salida se marchaban a la Biblioteca Nacional. Navarro quería aprender. Ochaíta le enseñaba a manejarla porque deseaba leer cosas de Miguel Angel y otros escultores. Por la tarde iban al baile al Puente de Vallecas, y al Poristilo y al Palace Hotel. Una tarde de arrobado buen humor escribió el 2º verso ante él, que todavía recuerda en parte:

“Brillan en el jardín los farolillos

dispuestos en artística manera,

y suena discordante una habanera

que susurra chillón un organillo.”

Se separan los dos amigos cuando Ochaíta se marchó a Galicia a escribir en el periódico EL FARO DE VIGO. Un día, ya en la guerra civil, se encontraron en el Café Nacional. Escribía entonces poesías contra la guerra, de las que guarda varias Antonio en su estudio, y más que, al morir bastantes años después, le dio su hermano. Se consideraban los mejores amigos. Ochaíta, a partir del final de la guerra que como él volvieron a Madrid, le visitaba casi diariamente en su Estudio. Los domingos visitaba a la madre de Navarro. Ambos hacían excursiones al campo. Ochaíta murió soltero, y rico. No por la poesía seria, con la que decía que jamás ganó una peseta, sino porque se dedicó a escribir letras de canciones, que lo hicieron millonario. Escribió, entre otras muchas, las famosas:

“LA PARRALA”,

“LA REINA MERCEDES”,

“EL POROM POMPERO”,

“LAS CINCO FAROLAS”.

Le encargó la Diputación de Guadalajara, capital de la tierra natal del poeta, Jadraque, un busto de él en bronce y en broma le dijo que no precisaba modelo, porque lo podría modelar con los ojos cerrados, pero le gustaría que le ayudara facilitándole, en su verso, su autorretrato. Ambos cumplieron y el poeta le entregó a su amigo escultor, así su

AUTORRETRATO

…Que el autor nos pergueñe su propio autorretrato

tiene un inconveniente: que no resulte grato

a ese tropel de gentes de arisca fantasía

que por sí solos trazan el perfil y la estría

seguros de que el verso – psicológico lujo –

es la mejor falsilla para urdir un dibujo

y haciendo bueno el dicho y ufano el menester

de que es múltiples veces “pintar como querer…”

La obra siempre es una, y el hombre, siempre es otro;

que son cosas distintas el jinete y el potro;

el espejo y la estrella, y la estatua y el plinto,

y el autor de su obra, es sujeto distinto…

¿Leísteis el divino Cantar de los cantares

que comentó Fray Luis? Pues son cosas dispares

este fraile y sus versos; que el fraile era reseco

y era adusto, y los versos contienen como un eco

de soterradas aguas; de sublimes estéticas;

y el fraile era señor de las normas ascéticas,

y, por contraste, tienen sus versos cien raudales

por donde corren aguas con gozos sensoriales…

Que el espejo y la estrella, y la estatua y el plinto,

y el autor y su obra, son de bloque distinto…

¿Como soy yo, mirado por mi mirada misma?

Ahí va mi autorretrato: con mi verso se crisma…

Soy, en lo corporal, de muy pequeña talla;

esto, para galanear, es una falla,

y acaso, por lo mismo, yo nunca fui galán;

¡qué bien están las cosas cuando en su sitio están!.

Tengo la frente grande, ancha como una luna;

los ojos harto hundidos y la barba muy bruna;

el pelo – lo confieso con dolor -, bien escaso,

y los labios sedientos de la rosa y el vaso…

Si a alguno me parezco, pudiera ser a aquel

hijo que pintó El Greco; a aquel Jorge Manuel…

Tengo las manos finas, nerviosas y pequeñas;

manos que gesticulan con un afán atroz

y que a veces quisieran ser más voz que la voz…

para mayor detalle, quien se retrata añade

que en uno de los dedos lleva una piedra jade;

que éste es su solo lujo – su decoro sencillo –

¡en mano de sarmiento lo verde es un anillo!.

De carnes os diré que ando un mucho apurado:

¿Pesaré los cincuenta? No sé. No he probado.

Pero mejor: me encanta pesar con dulcedumbre…

Me gusta el traje oscuro; a la gala de España

el negro es el color que mejor acompaña;

lo que lamento ahora, con verdadero duelo,

es que ya no se vista de blondo terciopelo

y que a la lechuguilla de fina holanda grata,

haya sustituido fementida corbata…

Mis años no son muchos: haré justa la cuenta

diciendo que pasé la raya de los treinta

y que aún a los cuarenta no llegué…Siempre insisto

que los mejores años son los años de Cristo,

y que todo poeta con horizontes bellos

deben plantarse matemáticamente en ellos…

Así yo – que he pasado por pocos – ya lo ves,

confieso solamente que tengo treinta y tres.

Nací donde Castilla se viste de perfume:

la Alcarria es una cera que en olor se consume;

y cerca de mi villa, que tiene un nombre moro:

Charadraq – hoy Jadraque -, se alza un castillo de oro

que pone por las tierras, siempre ásperas y mozas,

la sombra apasionada de los graves Mendozas.

…Nací en una gran casa con una enorme sala

y un jardín, donde el tiempo sin sentirse resbala,

y en mi casa – hoy perdida por la honda guerra – había

como un eco dorado de muerta poesía,

y en sus cien cortinones, que el aire nunca mueve,

sonreía la pena del siglo diecinueve…

Casa con abanicos, espejos, caracolas,

cómodas de alcanfor y panzudas consolas,

con cajitas de laca, donde el sol escindila,

que trajo un tío abuelo de un viaje de Manila…

Yo os aseguro que vivió en mi caserón

la muy amada sombra de Doña Polisón…

Llegué luego a Madrid, y estudié en Instituto

y tuve algún suspenso como gran tributo;

que luego estudié letras y viví en Salamanca:

conocí a don Miguel de Unamuno, y arranca

de entonces mi fervor por la lírica pura…

¡Y va pasando el tiempo! La vida se madura…

(Los hombres yo imagino que son como una mies

que madurase y cortase a los treinta y tres…)

La inquietud de mi sangre, con fermentos de artista,

me lleva a los periódicos y me hace periodista.

Vivo en Galicia. Siento la cándida tutela

del Apóstol: le abrazo, férvido, en Compostela.

Lucho; escribo; me afirmo, y guardo el triste afán

de ver morir a don Ramón del Valle Inclan…

Tras Santiago, Sevilla….Sevilla nazarena,

que ha de ser ya la acequia profunda de mi vena;

mis versos y mis prosas se tornan andaluces;

y se van desgarrando sobre todas las cruces;

y canto a la Giralda, y al río, y a la calle,

y salgo nazareno en la Virgen del Valle,

y pienso en un teatro donde alce su segur

esa muerte de amor, que es la muerte del Sur…

¿Obras? Pocas. ¿Anhelos? Infinitos. ¿Constancia?

Toda la que permite mi anímica elegancia…

¿Maestros? Sí, maestros de vieja devoción:

Lope de Vega, el uno, y el otro Juan Ramón;

y otros dos, también dioses en mi verde jardín:

Gabriel Miró – ya muerto – y ahora, vivo Azorín,

y el tercero – y ya paro en mi grato escoger –

el Virgilio cristiano que es Lorenzo Riber…

Creo que he dicho todo: confuso, pero todo…

¡Ese nosce te ipsum tien mucho recodo…!

Acaso alguien que escuche mi palabra indiscreta

le diera a mi retrato una nueva faceta…;

pero yo le agradezco que lo sepa y lo calle,

que en cosa de retratos, el hombre más sincero

se deja alguna cosa perdida en el tintero…

¡Soy como soy! Poeta, español y cristiano.

Todo lo espero, ¡todo!, de la divina mano…

No me neguéis la vuestra, que al saludo os invita”

el autorretrato, JOSE ANTONIO OCHAITA…

Este poeta fue el gran amigo personal de nuestro escultor, al que constantemente, en el relato de los aconteceres, buenos y malos, más tiempo malos, de su vida, se remitía refiriéndose a él con entrañable cariño. Lo dejó en su Estudio presente en una gran medalla que grabó a su muerte. Y cumpliendo a su memoria la invitación que le había hecho repetidas veces de que le hiciera un busto, a nivel igual del autorretrato que él se había hecho, a Celia, su esposa, tras su muerte lo hizo y juntos presiden preciosamente su Estudio – Museo de Villena.

Asistió Ochaíta a la inauguración en Jerez de la Frontera, a su gran obra, el Monumento al Caballo, y en la cena que las autoridades le ofrecieron a Navarro el 30 de noviembre de 1970, la noche del día de la inauguración del Monumento por el entonces Jefe del Estado, Generalísimo Franco, leyó personalmente su “Poema ofrendado por el poeta José Antonio Ochaíta al escultor Antonio Navarro Santafé y a todos aquellos que compartieron la emoción de tan brillante acto inaugural en la ciudad de Jerez de la Frontera”. Que incluimos en el capítulo dedicado a ese gran monumento.

José Antonio Ochaíta García, amigo desde la infancia del escultor Navarro Santafé, su mayor amigo, como éste repetía; poeta, Cronista oficial de la provincia de Guadalajara, falleció en Pastrana el día 18 de julio de 1973 y fue sepultado en su pueblo natal, Jadraque. De su popularidad da prueba la tarjeta mortuoria que guardaba cariñosamente Navarro entre sus papeles, y que dice: “Sus apenados hermanos, sus fieles servidoras, y… “el pueblo de Jadraque en general”…

El poeta Ochaíta, del que nos ha sido posible incluir en este libro versos admirables dedicados a sus vírgenes, a sus retratos – instándolo al de Celia, en el soneto tan preciso -, su gran poema por el Monumento al Caballo.., también cantó la eximia peculiaridad en sus esculturas taurinas, y con la influencia que en su “Autorretrato” confiesa de Sevilla: “Sevilla nazarena/que ha de ser ya la acequia profunda de mi vena;/mis versos y mis prosas se tornan andaluces…”.

Copiamos el bellísimo que escribió, dice él mismo: “Inspirado en una obra de Navarro Santafé, que representa a Pepe Martín, en traje corto toreando al natural. Madrid, diciembre 1944.”

ROMANCE AL TRAJE CORTO
Vístete de paño negro
que se te peque a la carne;
ponte una cinta grosella
en la palmera del talle;
sobre la tabla del pecho
el almidón del encaje,
y unos botitos de lustre
donde reluzca la tarde,
y torea así, torero
del campo y los pastizales,
con tu hermosura de macho,
– sin sedas que la acobarden –
como un Apolo andaluz,
que su mármol recatase,
con un vestido de musgo,
pastoso, moreno y suave…
¡Guarda para Maestranzas
lo postizo de otra imagen…!
¡Cuando te vean las hembras
detrás de sus varillajes
viste de seda pajiza;
vista de seda granate;
con chorreras en el pecho
y en los hombros alamares…
Para una arena mentida
bien está que se desgasten
zapatillas de biscuit
que apenas chafan el aire…
Para brindar a un usía
por los altos barandales,
lleva montera de sombra
ribeteada de azabache;
que las maestranzas son
circos a nones y a pares,
y hay que contentar madamas,
usías y maestrantes;
que la seda del vestido
quita el sabor de la sangre
¡la sangre! que es el sabor
crudo de los paladares…!
¡Pero ahora estamos a solas:
tú, yo y el toro…¡bastantes!
Si te apetece una dama
llámala, que pronto sale
…dos claveles amarillos
en las sienes clareandose,
y una falda de guadaña
que va rizando el volante!
…Para esta corrida seria
¿qué falta, qué falta te hace
montera desmonterada;
zapatillas de guirlache;
chalequillo petrimetre;
corbata de fuego y lacre;
posturas de rigodón
y claros muslos de esmalte…?
¡Torea a secas, a secas!
con todo el campo delante:
con la hierba que te impulse;
con el cielo que te pare;
con las dos lanzas de brea
que quieren empitonarte,
– mientras esquiva la hora
el bellorí de tu traje –
y das un quiebro, y das otro,
y te aprietas y te bates,
y aunque estamos tú y yo solos
y el toro, y no somos nadie,
¡arriba hay un trueno de oro
porque es Dios el que te aplaude

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