11.- Busto del CONDE DE JORDANA. Madrid

CONDE de JORDANA

En el año 1944, una de las personalidades políticas más relevantes en la nación era el Excmo. Señor Don Francisco Gómez – Jordán y Sousa, Conde de Jordana, Teniente General del Ejército y Ministro de Asuntos Exteriores, cargo para el que el Jefe del Estado, Generalísimo Franco, le había nombrado, por 2ª vez, en septiembre de 1942, para su 5ª Gobierno, pues ya lo había sido del 1º, desde enero de 1938 hasta el 2º Gobierno en agosto de 1939. Y su prestigio no era solo por su alto cargo en el gobierno, e incluso en el Ejército, sino también por su calidad humana. Era muy popular y muchos madrileños comentaban su sencillez y amabilidad y se complacían en verlo pasear por las calles de Madrid, especialmente las noches del buen tiempo en las que casi diariamente lo hacía, después de cenar, por la amplia acera del primer tramo de la Gran Vía acompañado solo por su Ayudante.

Navarro, como tantos madrileños y españoles vivía la tremenda estrechez de aquellos tiempos de la II Guerra Mundial que afectaban muy principalmente a las subsistencias. Como muchos artistas él buscaba alcanzar alguna mejoría tanto para solución de su débil economía personal como por la necesidad que sentía de hallar un motivo que le ayudara al lanzamiento de sus realizaciones artísticas, hasta ahora, ya a sus 37 años, explotadas por otros en beneficio de ellos y él solo quedando con la amargura de verse “exprimido”

Disponía entonces de un Estudio en la Puerta del Sol , 3. Era el estudio fotográfico de D. Juan Pacheco, según él descendiente del 2º Marqués de Villena, aficionado a la tauromaquia y – me contaba – con motivo de ver en las fotos exhibidas para la venta en el escaparate una de un pase de Belmonte que me gustó entré a comprarla. Adornando el establecimiento había unos escudos heráldicos y al contemplarlos los reconocí de los Pachecos, pues son los que hay en el castillo de Villena, y así se lo comenté al propietario, agregándole que era mi pueblo. Tal vez eso, y especialmente al saber que yo, como escultor también hacía toros, congeniamos, hasta el punto que, al saber que por entonces carecía de Estudio, me ofreció sitio en el suyo.

Con motivo del encargo, que ya estaba allí realizando, de un busto para Dª Esperanza de Ortega, lo que empezaba a animarme a proyectar una exposición de bustos, retratos, de personalidades españolas un día entraron unos sobrinos del Conde de Jordana y me los presentó Pacheco quien, al ver que miraban con complacencia el busto que estaba realizando, les habló de mi proyecto. Me sugirieron que sería motivo de éxito modelar el busto de su tío, el Conde de Jordana, Ministro de Asuntos Exteriores y al parecerme bien y que estaba dispuesto a hacerlo, ellos mismos se encargaron de traerme la fotografía adecuada, única cosa que les solicité. Al traerla a pocos días me indicaron que, cuando lo tuviera hecho, lo llevara enseguida al Ministerio, porque ellos ya habían hablado con su tío que lo recibiría, ya que ambos tenían que ausentarse un tiempo de Madrid y no tenía necesidad de esperar a su regreso.

Modelado el busto en barro, vaciado en escayola y patinado imitando a bronce, lo llevé en unas angarillas de esas de llevar cestas de pascua, acompañado de un chavalillo, muy avispado, que me ayudaba. Al llegar al Palacio de Santa Cruz estaba tan nervioso, que no supe explicarle al Guardia Civil que estaba de servicio en la puerta porque tartamudeaba que era un primor. El sentimiento del ridículo fue tal que inicié violento la marcha atrás. Pero el chavalillo me echó un capote y le dijo: “Este señor es escultor, y le trae al Ministro un busto que le ha hecho. “Tras examinarlo y verlo tanto él como varias personas que por allí había, acompañado de un ordenanza lo subimos por el ascensor.

Lo hizo esperar en la antesala del Ministro y él, con el busto, desapareció por una puerta. Navarro, allí sentado, mirando sin ver ni artesonado, ni lámparas, ni las pinturas de la bella saleta, quería repasar, para serenarse, cuanto le había ocurrido hasta llegar allí. Sin saber si había transcurrido más o menos tiempo se abrió la puerta y tras ella vio al propio Conde de Jordana que le sonreía y le saludaba dándole la mano invitándole a pasar.

Sobre una mesita estaba el busto. Le felicitó, dijo que le gustaba mucho y aun mucho más de lo que sus sobrinos le habían ponderado, y le preguntó con bondad e interés por su trabajo y sus proyectos.

Navarro se tranquilizó ante la sencillez y cordialidad del Ministro. Le pidió excusas por su tartamudez y mejor o peor con su tartamudez y mejor o peor le contó todo. Al preguntarle el Conde por otras obras suyas le dijo que en 1939 había hecho una estatua ecuestre del Caudillo, la que fallido el proyecto de su realización la había comprado una importante industria de Castellón.

Al saber que proyectaba una exposición de bustos de personajes importantes, le dijo que como le gustaba mucho su obra y que claramente estaba admirado de ella, le prometía ayudarle, recomendándolo a los Infantes de Baviera, y después haría los retratos del Caudillo Franco y de su esposa.

Le dijo el Conde que esperaba su próxima visita y en ella hablarían más despacio de todo, porque en ese momento tenía demorada una entrevista por atender a la sorpresa que le habían anunciado con la suya, y que en cualquier momento ya esperaba.

Y sonriéndole con extraordinaria bondad, decía Navarro, le despidió acompoñándolo hasta la propia puerta de su despacho.


Días después, exactamente en su edición del 8 de junio de 1944 el diario madrileño ABC, en su sección de huecograbado, publicaba una nítida fotografía del busto, ya asentado sobre un pedestal cubierto con rojo terciopelo, en la que se ve toda la belleza de la obra, representada la figura con banda y condecoraciones y, sobre todo, el logro del gran parecido, que decía al píe: “El escultor “José” Navarro, discípulo del ilustre Benlliure, ha terminado un admirable busto del ministro de Asuntos Exteriores, general Conde de Jordana. (Foto San Bermejo.)

Por aquellos inmediatos días los sobrinos del Conde, al regresar y conocer contento a su tío por el busto, le invitaron a una fiesta de juventud en el Palacio de Liria y, como no tenía traje adecuado, su amigo Godofredo Pacheco, hijo de Juan Pacheco, le prestó uno. Allí estuvo muy entretenido, incluso dibujando, y siendo presentado a señoritas de aquella alta sociedad que, gentiles, ponderaban sus dibujos y fotografías de obras que les mostraba. Fue presentado a la Duquesa de Montoro, con la que “tuve el honor de conversar sobre Arte”, y a la señorita Semprún, dueña del castillo de Butrón, en Vizcaya. El Conde de Jordana tuvo la atención de invitarle a tomar una copa en compañía del Duque de Aveiro. Fue una tarde inolvidable.

Pero la tragedia que se abatió sobre la familia Jordana, con la fulminante muerte del Conde, en aquel 3 de agosto de 1944, desempeñado su cargo como Ministro de Jornada en San Sebastián, que conmovió a toda España, e incluso a las Cancillerías mundiales por la prestigiosa y hábil personalidad diplomática que en aquel delicado instante de la II Guerra Mundial desaparecía de la política española, también afectó a toda la perspectiva agradable y proyectos que en su relación con él vislumbraba Antonio.

Aquí también terminó toda esta hazaña para él, porque jamás volvió al Palacio de Santa Cruz y, por tanto, perdió aquella fácil oportunidad de haber presentado su obra ecuestre a Franco, con lo que ello hubiera – incluso prevista entrevista – representando en su vida y por consiguiente en su obra.

Cuando nos contaba este suceso con ésta Obra suya era natural que le preguntáramos porqué no había vuelto a relacionarse con los sobrinos, amigos que eran de Pacheco, y había perdido aquellas oportunidades que, según él mismo repetía, tan bella y fácilmente le surgieron. y me reiteraba que no lo sabía. No sabía porqué, pero aquel episodio había acabado allí, con la muerte fulminante del Conde Ministro, si bien quedando de él, de su arte, un busto precioso de un personaje admirable de cuya obra se sentía muy honrado y satisfecho de haberla hecho.

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