19.- Enterramiento de los DUQUES DE MARCHENA. San Sebastián

Entre las altas relaciones que le hacia tener el encontrarse de vez en cuando invitado por los Condes de Mayalde, en una comida a la que asistió en casa del que tantos años fue Alcalde de Madrid, y su esposa, La Duquesa de Pastrana, le presentaron a la Marquesa de Centellas, prima del Conde de Mayalde.

En amena conservación con tan amable señora, centrada especialmente sobre sus trabajos artísticos, le presentó a los Duques de Marchena, Grandes de España, quienes después de tomar parte en la conversación que tenían, allí mismo, avalado nuestro escultor ante sus ojos por los altos amigos que le presentaban, le hablaron de una hija que recientemente había fallecido y le expusieron el deseo que para su exhumación tenían de hacerle enterramiento en el cementerio de Poyoe, de San Sebastián. Le sugirieron el encargo. Deseaban fuese una Virgen con niño, de píe, tamaño natural, en mármol blanco.

Les aceptó el encargo. Pronto les envió el boceto, consistente en una Virgen gótica con corona ducal, bondadosamente sonriente, con el liso manto de bellísimos pliegues amorosamente recogido en el brazo izquierdo y sobre éste el Niño, que la mira y con su manita derecha le acaricia la barbilla, de píe sobre basamento redondo labrado.

Aceptado por los duques marchó a San Sebastián y allí permaneció ininterrumpidamente hasta que terminó la obra y fue perfectamente colocada.

Ya de regreso en Madrid los Duques, al par que le reiteraban su satisfacción, le enviaron doscientas mil pesetas. Ni una ni otra parte, por cuanto se trató el encargo en casa de altos amigos comunes, había hablado de presupuesto. Antonio también quedó satisfecho. En 1959, les hizo, fundida en bronce, una imagen de NUESTRA SEÑORA DE LA BLANCA, y una ménsula para apoyo de la misma, también fundida en bronce.

Por el afecto que le tenían fue la Duquesa la que lo relacionó con la Condesa de Ruiseñada cuando ésta se decidía a hacer el enterramiento para su esposo, recién fallecido, en su palacio de Comillas. E incluso, cuando en ésta obra le surgió el problema con quien se había confiado a realizarla anteriormente, sin tener definitiva confirmación, recurrió por carta a la Duquesa, exponiéndole el caso que explicaremos en el capítulo correspondiente, para que interviniera en su aclaración, y dándole su posición ante él le decía: “Aun sabiendo la distancia que impone el rango, el amigo reclama al amigo, y yo que sé su afecto y compenetración conmigo, quiero hacerles partícipe de estas inquietudes mías y del modo de enfocarlas. Téngalo como un homenaje hacia su cordialidad y a una reciprocidad hacia su comprensión por este problema.”

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